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Azul casi transparente (1976)

Autor: Ryū Murakami

Género: Novela postmoderna

Argumento

Un grupo de jóvenes japoneses vive cerca de una base militar estadounidense entregado a una existencia dominada por las drogas, el sexo, la música y una sucesión de experiencias cada vez más extremas.
No existe prácticamente un proyecto que organice sus vidas. Los días se suceden entre fiestas, encuentros sexuales, violencia, intoxicación y momentos de una extraña belleza que aparecen en medio de la degradación.
Ryu, narrador y protagonista, contempla ese mundo desde dentro. Participa de él, pero al mismo tiempo parece conservar cierta distancia que le permite observarlo.
La novela no conduce hacia una gran resolución porque sus personajes tampoco parecen dirigirse hacia ninguna parte.
Y después de leer 69, esa ausencia de dirección adquiere un significado nuevo.
Los mismos jóvenes, unos años después
Es difícil leer Azul casi transparente después de 69 sin imaginar una continuidad.
No necesariamente narrativa: son otros personajes y otras circunstancias.
Pero sí espiritual.
Podrían ser los mismos jóvenes unos años después.
En 69, Ken y sus amigos también buscan sexo, música, transgresión y diversión. También rechazan el mundo adulto y sienten fascinación por la cultura occidental.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental:
en 69 todavía quieren hacer algo.
Construyen una barricada. Organizan un festival. Hacen películas. Persiguen chicas. Desafían profesores. Liberan gallinas.
Sus proyectos pueden ser ingenuos, absurdos o grandilocuentes, pero existe detrás de ellos una convicción:
el mundo puede ser intervenido.
En Azul casi transparente, esa energía parece haberse agotado.
De la rebeldía a la apatía
Ambas novelas contienen muchos de los mismos elementos: sexo, música, juventud, provocación, ruptura de convenciones.
Pero esos elementos han cambiado de significado.
En 69, la transgresión es expansiva.
Los personajes quieren salir hacia el mundo.
En Azul casi transparente, la transgresión se vuelve autodestructiva.
Los personajes parecen replegarse sobre sí mismos.
Podría resumirse el tránsito entre ambas novelas de una manera brutalmente sencilla:
1969: “El mundo no nos gusta. Vamos a cambiarlo.”
Después: “El mundo no va a cambiar. Intentemos al menos sentir algo.”
El problema ya no es solamente la rebeldía juvenil.
Es la impotencia.
Cuando termina la escuela
La escuela tiene en 69 un valor que trasciende el edificio.
Es todavía un espacio contra el cual rebelarse.
Hay profesores que desafiar, normas que romper, autoridades que provocar. Incluso cuando los jóvenes detestan ese sistema, el sistema les proporciona algo contra lo cual proyectar su energía.
Después llega el mundo adulto.
Y ese mundo es incomparablemente más grande.
Ya no existe solamente un director de escuela al que provocar o una pared sobre la cual escribir una consigna. Aparece una estructura social que continúa funcionando indiferentemente a lo que esos jóvenes hagan.
La sensación de posibilidad puede convertirse entonces en impotencia.
Y la impotencia prolongada puede convertirse en apatía.
Rebeldía y nihilismo
Ésta es una diferencia esencial entre ambas novelas.
El rebelde todavía cree en algo.
Puede odiar el mundo existente precisamente porque imagina que otro mundo sería posible.
El nihilismo comienza cuando incluso esa expectativa desaparece.
Los jóvenes de Azul casi transparente continúan transgrediendo, pero muchas veces la transgresión ya no parece conducir hacia ninguna alternativa.
No rompen una puerta para descubrir qué existe detrás.
Rompen porque romper es una de las pocas cosas que todavía les permite sentir algo.
La rebeldía de 69 contiene futuro.
La de Azul casi transparente parece haberlo perdido.
Sexo, drogas y música
Por eso sería demasiado sencillo interpretar el sexo y las drogas exclusivamente como búsqueda de placer.
Hay placer, naturalmente, pero también hay anestesia.
Los cuerpos son llevados al límite porque la intensidad física permite durante unos instantes escapar de una existencia que parece carecer de dirección.
La música conserva algo diferente.
En medio del exceso y la degradación todavía puede crear instantes de belleza, pequeños momentos en los que el mundo parece adquirir nuevamente alguna forma.
Pero son momentos.
Después vuelve el vacío.
La impotencia de no haber cambiado el mundo
Leída aisladamente, Azul casi transparente puede parecer el retrato de una juventud perdida.
Leída después de 69, aparece otra posibilidad mucho más triste.
Quizá estos jóvenes no estén perdidos porque nunca hayan creído en nada.
Quizá estén perdidos porque alguna vez creyeron que podían cambiarlo todo y descubrieron que no podían hacerlo.
La gran promesa de la juventud se derrumba.
Y allí aparece un error terrible:
confundir “no puedo cambiarlo todo” con “no puedo cambiar nada”.
Entre ambas afirmaciones existe prácticamente toda una vida.
Las gallinas que ya nadie libera
La imagen de las gallinas de 69 adquiere aquí una fuerza inesperada.
Liberar diez gallinas es irrelevante frente al funcionamiento del mundo.
No detiene una guerra.
No destruye el sistema.
No produce una revolución.
Pero modifica algo.
Diez gallinas que estaban encerradas dejan de estarlo porque alguien decidió abrir una puerta.
Los personajes de Azul casi transparente parecen haber perdido precisamente esa escala intermedia.
Como no pueden transformar el mundo entero, terminan comportándose como si ninguna acción tuviera sentido.
Y quizá allí comienza verdaderamente su caída.
No cuando descubren que la revolución no llegará, sino cuando dejan de buscar las pequeñas cosas sobre las que todavía pueden decidir.
Ryu
Sin embargo, Ryu no está completamente perdido dentro de ese universo.
Hay en su mirada algo diferente.
Participa de la degradación, pero todavía observa.
Y mientras exista capacidad para observar, nombrar y encontrar belleza incluso dentro de aquel mundo, permanece abierta una pequeña distancia entre el individuo y aquello que lo arrastra.
La propia existencia de la novela constituye de alguna manera esa distancia.
Alguien estuvo allí y pudo contarlo.
El azul casi transparente
El título adquiere entonces una enorme fuerza.
No es negro.
No representa una oscuridad absoluta.
Es azul.
Y además es casi transparente.
Todavía atraviesa algo de luz.
En medio de cuerpos degradados, drogas, violencia, apatía y vacío aparecen pequeños momentos de belleza y percepción.
Quizá por eso la novela nunca termina de convertirse completamente en desesperación.
Existe todavía alguien mirando.
Relación con 69
Las dos novelas pueden leerse como un díptico involuntario sobre la pérdida de la posibilidad.
En 69:
“Podemos cambiar el mundo.”
En Azul casi transparente:
“No pudimos cambiar el mundo.”
Pero nuestra lectura de ambas permite agregar una tercera frase:
“Nunca fue necesario cambiar todo el mundo para seguir decidiendo sobre una parte de él.”
Y ahí 69 ilumina retrospectivamente la oscuridad de Azul casi transparente.
El problema no fue que aquellos jóvenes crecieran.
Tampoco que descubrieran los límites de sus sueños.
El problema fue confundir esos límites con la inexistencia absoluta de posibilidades.

Opinión

Azul casi transparente resulta mucho más poderosa después de leer 69.
Ya no parece únicamente una novela sobre drogas, sexo, decadencia y juventud perdida. Puede verse como el retrato de lo que ocurre cuando la energía rebelde de una generación se encuentra con un mundo que permanece indiferente.
Uno puede imaginar que aquellos chicos que pocos años antes hacían barricadas, organizaban festivales y soñaban con modificar el sistema abandonaron finalmente la escuela y descubrieron que el mundo adulto era infinitamente más difícil de mover.
Y algunos dejaron de intentarlo.
La acción se convirtió en exceso.
La rebeldía, en apatía.
La búsqueda de libertad, en autodestrucción.
No porque ya fueran libres, sino porque dejaron de creer que sus decisiones podían modificar algo.
Reflexión
Quizá crecer consista en atravesar un descubrimiento inevitable:
no podemos cambiar el mundo entero.
Pero de ese descubrimiento pueden surgir dos caminos completamente diferentes.
Uno conduce a la impotencia:
Si no puedo cambiarlo todo, nada tiene sentido.
El otro conduce a una forma más humilde de libertad:
No puedo cambiarlo todo, pero todavía puedo decidir qué hago con aquello que está a mi alcance.
Entre esos dos caminos parecen encontrarse 69 y Azul casi transparente.
Ken todavía quiere cambiarlo todo.
Los jóvenes de Azul casi transparente parecen convencidos de que ya no pueden cambiar nada.
Quizá la madurez verdadera esté en algún punto entre ambos.
Conclusión
Azul casi transparente puede leerse como la resaca de una generación que alguna vez creyó que el mundo estaba abierto.
Después llegaron los límites.
El sistema continuó.
La revolución no ocurrió.
Y la energía que antes se dirigía hacia afuera comenzó a dirigirse contra ellos mismos.
Por eso, leída junto con 69, la novela resulta todavía más dolorosa.
No porque nos recuerde simplemente que la juventud termina.
Sino porque muestra lo que puede ocurrir cuando una persona deja de distinguir entre haber perdido algunas posibilidades y haber perdido la posibilidad de elegir.
Ken soltaba gallinas porque todavía creía que valía la pena abrir una puerta aunque el mundo permaneciera exactamente igual.
Los jóvenes de Azul casi transparente parecen haber olvidado eso.
Y quizás ésa sea la verdadera tragedia:
no descubrir que uno no puede cambiar el mundo, sino olvidar que todavía puede cambiar algo.

Valoración personal

Buena