⬅️ Volver al listado

Los ochenta son nuestros (1986)

Autor: Ana Diosdado

Género: Novela / relato generacional / memoria íntima

Argumento

Un grupo de jóvenes atraviesa la adolescencia y la primera juventud convencido de que el tiempo les pertenece.
La frase “los ochenta son nuestros” funciona como consigna vital: el futuro es promesa, la vida parece un territorio abierto y reversible.

Pero esa ilusión se quiebra de forma abrupta cuando ocurre una tragedia involuntaria: un acto torpe, impulsivo, juvenil, que termina con una vida.
No hay intención, no hay maldad —y justamente por eso el golpe es más duro.
A partir de ese momento, el mundo ya no vuelve a ser el mismo.

Opinión

Los ochenta son nuestros es un libro que permanece no por su argumento, sino por el estado del alma que captura.
Lo leí siendo joven, y lo recuerdo como se recuerdan ciertas emociones fundacionales: no con precisión, sino con verdad.

Al comienzo, el libro respira esa sensación única de la adolescencia:
la certeza de que todo está por venir,
de que el mundo es de uno,
de que nada es definitivo.

La tragedia marca el fin de esa ilusión.
Introduce lo real:
hay actos que no se pueden deshacer,
hay consecuencias que no admiten corrección,
hay un antes y un después que no depende de la voluntad.

Ahí muere algo más que una persona:
muere la idea de que la vida es un ensayo sin costo.

Por eso el gesto final del libro es tan poderoso.
Cuando uno de los personajes tacha “Los ochenta son nuestros” y escribe “Los noventa son nuestros”, ya no lo hace desde la euforia juvenil, sino desde la conciencia adulta.
No es un grito de conquista, sino un acto de supervivencia.

La vida no pertenece a nadie,
pero mientras hay vida, sigue habiendo posibilidades.
Distintas, más frágiles, menos infinitas… pero reales.

Este libro me dejó eso:
la nostalgia por lo que ya no es,
y la comprensión —dolorosa y sabia— de que vivir consiste en seguir reescribiendo la frase, aun cuando ya no brille como antes.

Valoración personal

Bueno