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La conjura de los necios (1980)

Autor: John Kennedy Toole

Género: Novela satírica / comedia / absurdo

Argumento

Ignatius J. Reilly es un hombre culto, excéntrico, arrogante y absolutamente inadaptado que vive con su madre en Nueva Orleans. Convencido de la decadencia del mundo moderno y de su propia superioridad intelectual, se ve obligado por las circunstancias a abandonar parcialmente su cómoda existencia y buscar trabajo.

A partir de allí comienza una sucesión de empleos desastrosos, proyectos delirantes, malentendidos y encuentros con una galería de personajes igualmente extravagantes.

Durante buena parte de la novela parece no existir una verdadera dirección. Las historias avanzan y se cruzan sin que resulte evidente hacia dónde conducen.

Hasta que, cerca del final, todo encaja.

Opinión

Ignatius: la inteligencia inútil

Ignatius es un personaje deliberadamente insoportable.

Es culto e inteligente, pero utiliza esas cualidades principalmente para justificar su incapacidad de vivir. Critica el mundo, desprecia a quienes lo rodean y encuentra siempre una elaborada explicación que demuestra por qué sus fracasos nunca son responsabilidad suya.

No utiliza su inteligencia para construir.

La utiliza para no participar.

En ese sentido, es casi la antítesis del farolero de El Principito: frente al absurdo del mundo, el farolero continúa realizando su tarea; Ignatius utiliza ese mismo absurdo como argumento para no hacer nada.

El absurdo como mecanismo

La novela recuerda por momentos a El hombre que fue Jueves, de Chesterton, por esa forma particular de presentar situaciones cada vez más absurdas con absoluta naturalidad.

Sin embargo, existe una diferencia importante.

En Chesterton, detrás del caos parece esconderse un orden superior.

En Toole ocurre algo mucho más cómico: el orden aparece como consecuencia accidental del propio caos.

No existe un plan maestro.

Pero termina pareciendo que lo hubiera.

La verdadera conjura

Esta es quizás la gran revelación de la novela.

Cada personaje actúa individualmente con información incompleta, intereses particulares, equivocaciones y diferentes grados de incompetencia.

Nadie controla realmente los acontecimientos.

Sin embargo, las consecuencias de una acción afectan a otro personaje, que provoca una nueva situación, que desencadena otra, hasta que todas las historias terminan confluyendo con una precisión casi milimétrica.

La conjura no ha sido organizada por nadie.

La conjura emerge.

La suma de muchas ineptitudes individuales termina produciendo algo parecido a una inteligencia colectiva.

Es un orden emergente de la estupidez.

Una novela sin evolución

Otro elemento extraño es que los personajes apenas necesitan transformarse.

Ignatius sigue siendo Ignatius.

Los demás tampoco atraviesan grandes procesos de aprendizaje o iluminación.

Y, sin embargo, muchos terminan razonablemente bien.

Lo divertido es precisamente que casi ninguno llega allí por mérito propio.

Los personajes se salvan unos a otros accidentalmente.

La incompetencia de uno corrige el error de otro; un malentendido resuelve otro problema; una decisión absurda termina teniendo una consecuencia inesperadamente beneficiosa.

Ninguna pieza parece funcionar correctamente por separado.

Pero juntas forman una maquinaria sorprendentemente precisa.

Lectura personal

Al principio es una novela difícil de comprender en sus intenciones.

La historia parece no tener el menor sentido y el propio Ignatius puede resultar agotador. Sin embargo, existe algo extraño que invita a continuar leyendo aun cuando uno no sabe exactamente por qué.

Poco a poco conviene abandonar la expectativa de encontrar una gran evolución psicológica o una profunda tragedia existencial y aceptar el juego propuesto por Toole.

Entonces el libro comienza a funcionar.

El absurdo se vuelve liviano, los personajes empiezan a formar parte de una maquinaria cómica y, finalmente, aquello que parecía una acumulación arbitraria de situaciones revela una arquitectura inesperada.

Reflexión

La conjura de los necios plantea involuntariamente una paradoja fascinante:

un conjunto de individuos que no sabe lo que está haciendo puede producir colectivamente un resultado que parece planificado.

La inteligencia no pertenece a ninguno de ellos.

Aparece en las relaciones entre ellos.

Es casi como contemplar un mecanismo construido únicamente con piezas defectuosas que, inexplicablemente, termina funcionando.

O un reloj completamente desarmado cuyas piezas, después de cientos de páginas de golpes y tropiezos, caen accidentalmente en su sitio y terminan dando la hora.

Ahí cobra verdadero sentido el título.

No existe un gran conspirador.

No existe un cerebro oculto.

Solo existen los necios.

Y, entre todos, producen la conjura.

Conclusión

La conjura de los necios es un libro extraordinariamente fuera de lo normal.

No necesita conmover profundamente ni presentar grandes revelaciones filosóficas. Su mérito está en construir un universo donde el caos termina generando orden y donde la estupidez individual adquiere, al combinarse con otras estupideces, la apariencia de un plan maestro.

Puede resultar irritante, agotador e incluso desconcertante durante buena parte de su recorrido.

Pero cuando finalmente todas las piezas encajan, se comprende qué se estuvo construyendo desde el principio.

Nadie sabía lo que estaba haciendo.

Y precisamente por eso, entre todos, consiguieron hacerlo.

Valoración personal

Bueno