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69 (1987)

Autor: Ryu Murakami

Género: Novela de iniciación / comedia / contracultura

Argumento

Ken es un estudiante de diecisiete años que vive en una pequeña ciudad japonesa a finales de los años sesenta. Fascinado por el rock, el cine, la cultura occidental y los movimientos contestatarios de su época, comparte con sus amigos el deseo de escapar de la monotonía y del rígido mundo de los adultos.
Sus motivaciones distan de ser heroicas. Quiere rebelarse contra el sistema, pero también divertirse, pertenecer a algo, conquistar chicas, impresionar a los demás y demostrar que su vida puede ser diferente.
De esas motivaciones nacen proyectos desmesurados para su verdadera importancia: protestas, una barricada en la escuela, películas, música, un festival y pequeñas transgresiones que para los adultos pueden resultar insignificantes, pero que para ellos constituyen acontecimientos fundamentales.
Porque a los diecisiete años cualquier cosa puede ser el comienzo de algo.
1969: cuando parecía posible cambiar el mundo
La fecha no es simplemente un decorado.
Ken pertenece a una generación inmediatamente atravesada por el gran cuestionamiento cultural de finales de los años sesenta. Vietnam, las protestas estudiantiles, el rock, el cine y la contracultura forman parte de un mundo en el que muchas instituciones que parecían inamovibles comenzaron a ser cuestionadas.
Pero Murakami no escribe una novela política solemne.
La gran rebelión histórica llega hasta estos adolescentes convertida en algo mucho más cotidiano y desordenado. Ken puede hablar de revolución y poco después estar pensando en una chica. Puede desafiar al sistema por convicción, por aburrimiento o simplemente porque hacerlo resulta excitante.
Idealismo, deseo, vanidad y rebeldía conviven sin contradicción.
Y probablemente así sea realmente la juventud.
Los grandes proyectos que no llevan a ninguna parte
Una de las mayores virtudes de 69 está en recuperar la importancia que alguna vez tuvieron nuestros proyectos adolescentes.
Vistos desde la adultez pueden parecer ridículos.
Queríamos formar una banda, cambiar el mundo, impresionar a alguien, organizar algo extraordinario, pertenecer a determinado grupo o demostrar que éramos diferentes.
La mayoría de aquellos proyectos no llegó demasiado lejos.
Pero eso no significa que no fueran importantes.
Quizá su verdadero valor nunca estuvo en aquello que consiguieron, sino en que expresaban una certeza que después comenzamos lentamente a olvidar:
podíamos hacer algo.
El mundo todavía no parecía terminado.
Las gallinas
Entre todos los gestos de la novela, hay uno particularmente hermoso: liberar las gallinas.
Es un acto diminuto.
Soltar diez gallinas no modifica Japón, no transforma el sistema educativo ni produce ninguna revolución.
Pero diez animales que estaban encerrados dejan de estarlo porque alguien decidió abrir una puerta.
Desde la mirada adulta puede parecer una acción inútil.
Desde otra perspectiva, significa que una pequeña parte del mundo fue diferente porque ellos estuvieron allí.
No todas las acciones necesitan cambiar la Historia para tener sentido.
A veces basta con poder decir:
esto ocurrió porque yo decidí hacerlo.
La falsa nostalgia
Al terminar 69 aparece inevitablemente cierta melancolía.
Uno recuerda su propia adolescencia, cuando el futuro parecía contener innumerables vidas posibles. Aparece entonces el deseo imposible de regresar a los diecisiete años y recuperar aquel universo abierto.
Pero allí la novela puede tendernos una trampa.
Porque quizá no extrañemos realmente nuestra edad.
Extrañamos nuestra conciencia de posibilidad.
Con los años cambian nuestras circunstancias. Algunas posibilidades desaparecen, adquirimos responsabilidades y nuestras decisiones tienen consecuencias diferentes.
Pero mientras estamos vivos seguimos decidiendo.
Lo que ocurre es que lentamente dejamos de percibir nuestras decisiones como decisiones.
Elegimos lo mismo durante tanto tiempo que finalmente comenzamos a llamarlo destino.
Cuando dejamos de vivir
Ésta es quizá la reflexión más importante que deja el libro.
De jóvenes sabemos que estamos construyendo nuestra vida porque todavía nada parece definitivo.
Después comenzamos a decir:
Este es mi trabajo.
Esta es mi vida.
Esto es lo que hago.
Esto es lo que soy.
Y olvidamos agregar dos palabras:
hasta ahora.
Nada impide que una persona, dentro de los límites reales de sus circunstancias, vuelva a decidir. No puede recuperar literalmente sus diecisiete años ni todas las posibilidades perdidas, pero el próximo minuto continúa sin estar escrito.
En ese sentido, 69 deja de ser una novela melancólica.
La verdadera melancolía sería haber olvidado esto.
Uno comienza a dejar de vivir cuando olvida que todavía puede decidir.
Relación con Los ochenta son nuestros
Hay una conexión profunda entre 69 y Los ochenta son nuestros.
En ambas obras aparece una juventud para la cual una época parece pertenecerle. El futuro todavía es enorme y los protagonistas sienten que tienen derecho a apropiárselo.
Pero hay una diferencia importante en la lectura que podemos hacer desde la adultez.
Decir “los ochenta son nuestros” no tiene por qué significar que solamente aquella década nos pertenecía.
Mientras sigamos vivos, alguna década, algún año, algún día —incluso el próximo minuto— continúa siendo nuestro.
La juventud quizá no sea entonces el período durante el cual todo era posible.
Puede ser simplemente el período durante el cual todavía recordábamos que era posible elegir.
El espíritu del 68
Detrás de la ligereza de la novela existe además una pregunta característica de aquella generación:
¿Por qué las cosas tienen que seguir siendo así?
Quizá ésa sea una de las herencias más importantes de aquel momento histórico.
No aceptar automáticamente que algo es inevitable solamente porque siempre ha sido de determinada manera.
Ken y sus amigos llevan esa pregunta hasta extremos infantiles, cómicos y muchas veces absurdos. Pero conservan algo que el adulto corre el riesgo de perder: la capacidad de mirar una puerta cerrada y preguntarse si realmente está cerrada.

Opinión

69 es un libro engañosamente liviano.
Es divertido, rápido, juvenil y lleno de proyectos que parecen no conducir a ninguna parte. Sin embargo, al terminarlo deja una sensación mucho más profunda.
Nos obliga a recordar nuestros propios planes grandilocuentes, nuestro deseo de pertenecer y simultáneamente diferenciarnos, de impresionar, de escapar de un sistema que considerábamos obtuso y de dejar alguna pequeña marca en el mundo.
Inicialmente esa mirada hacia atrás produce melancolía.
Después puede producir exactamente lo contrario.
Porque uno levanta la vista del libro y descubre algo evidente que había olvidado:
todavía está vivo.
Y por lo tanto todavía puede decidir.
Conclusión
69 parece una novela sobre tener diecisiete años.
Quizá sea, en realidad, una novela sobre recordar qué significaba tener diecisiete años.
No era solamente poseer un cuerpo joven, tener menos responsabilidades o disponer de toda una vida por delante.
Era mirar el mundo como algo que todavía podía modificarse.
Con los años podemos olvidar esa sensación y comenzar a comportarnos como si nuestra propia historia ya estuviera escrita.
Entonces un libro aparentemente alegre y ligero puede producir una pequeña bofetada.
No podemos regresar a nuestra juventud.
Pero tampoco necesitamos hacerlo.
El próximo minuto todavía no ocurrió.
Y mientras eso siga siendo cierto, siempre habrá alguna decisión posible, algún proyecto absurdo que comenzar, alguna puerta que intentar abrir.
O, simplemente, diez gallinas esperando que alguien recuerde que todavía puede soltarlas.

Valoración personal

Excelente